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Diarios de padres y madres

“Me había mirado y había sabido quién era. Era como si siempre me hubiera conocido”.

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Los primeros días fueron más difíciles de lo que nunca imaginé

EMILY, SAN FRANCISCO, CALIFORNIA


Parecía que llevábamos media vida en el hospital. Franklin estaba enchufado a una máquina que le ayudaba a respirar y yo estaba en la sala de recién nacidos con el resto de las madres. Durante el parto, Frank había contraído una infección por estreptococos del grupo B. Yo no podía andar a causa de una lesión muscular que también sufrí durante el parto, de modo que una enfermera me acercaba en silla de ruedas hasta la sala para que lo viera. Cada varias horas me permitían cogerlo, pero el bebé no tenía la suficiente fuerza como para mamar.

Al tercer día, me dejaron intentar darle el pecho. La enfermera lo levantó de la cuna (el niño era el doble de grande que algunos de los bebés prematuros que había allí) y me lo trajo. Me miró directamente a los ojos como si me conociera, como si siempre hubiera sabido quién era. Jamás olvidaré aquella mirada. Al momento, se agarró a mí y empezó a mamar por sí solo. De repente, uno de los aparatos empezó a sonar y la enfermera se lo llevó. Le pusieron oxígeno y estuvieron un rato con él hasta que se le normalizó la respiración. Aquel momento se nos hizo eterno, aunque probablemente solo fueran un par de minutos.

Lo cierto es que, a partir de aquel momento, todo fue diferente. Me había mirado y había sabido quién era. Era como si siempre me hubiera conocido. Después de aquello, tuve la certeza de que, pasara lo que pasase, si nos teníamos el uno al otro, todo saldría bien. Solo necesitábamos estar juntos.

Un par de días más tarde, Franklin superó la infección y yo empecé a andar de nuevo. Pero si echo la vista atrás y me pongo a pensar en los primeros días con el bebé, no los recuerdo con claridad. Estábamos tan débiles los dos... Sin embargo, sabía que habíamos de estar cerca el uno del otro para superarlo todo. Tener que atravesar aquel largo pasillo en silla de ruedas para verlo era muy duro, pero poder cogerlo entre mis brazos fue lo que me permitió conservar la cordura. Tenía que repetirme constantemente que podría llevármelo a casa para abrazarlo cada día. Tenía que creerlo de verdad para que sucediera.


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