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Diarios de padres y madres

“Berreaba todas las noches durante 6 u 8 horas seguidas. No lloraba como cuando tenía hambre; berreaba a pleno pulmón”.

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El reflujo dificultó considerablemente los primeros meses

Emma, Melbourne, Australia


Al principio Elliott tomaba el pecho bastante bien. Las matronas se mostraban satisfechas y me decían que lo estaba haciendo todo perfectamente. Yo también estaba satisfecha; me encantaba el vínculo derivado de la lactancia que nos unía al bebé y a mí.

Sin embargo, unas semanas después, se empezó a complicar la cosa. Le tenía que dar el pecho constantemente durante al menos una hora y media, pero el bebé perdía interés tras 15 o 20 minutos y se quedaba agarrado por gusto. Además, devolvía la leche a menudo. Mi madre me comentó que no era normal, pero yo estaba tan cansada que me resultaba difícil aceptar más consejos de nadie. La matrona parecía contenta, así que seguí haciendo lo mismo.

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Cuando en la consulta pesamos a Elliott, nos dijeron que no estaba engordando, conque nos mandaron de nuevo al hospital. Lo recuerdo como un verdadero suplicio. Durante las primeras 24 horas tuve que darle el pecho cada tres, además de usar el sacaleches entre toma y toma. Fue agotador, pero funcionó. Elliott cogió peso y estuvo tranquilo durante un par de semanas...

Hasta que comenzó a berrear. Todas las noches, durante 6 u 8 horas seguidas. No lloraba como cuando tenía hambre; berreaba a pleno pulmón. Intentamos de todo: dar paseos con el cochecito, cambiarle a una dieta sin lactosa, unirme a un grupo de apoyo para madres lactantes y extraer leche desde el principio para que Cam, mi marido, pudiera darle pequeñas tomas cuando lo pidiera. Nada conseguía calmarle.

Se lo comenté a las enfermeras a domicilio, pero me dijeron que todo iba bien y que no me preocupara. Fui a dos médicos diferentes, aunque tampoco parecieron darle importancia al asunto y achacaron las dificultades a la edad del bebé: los primeros meses eran duros y lloraban a todas horas. Yo no sabía muy bien qué contestar o cómo replicarles. Aún me estaba recuperando de un parto bastante difícil, de forma que me resultaba complicado concentrarme o tomar decisiones que contradijeran a los profesionales, así que seguí alimentándolo lo mejor que pude e intentando calmarlo cuando se inquietaba.

En la revisión de la octava semana, descubrimos que había perdido peso otra vez, por lo que nos mandaron al pediatra. Tras observarlo durante una media hora, nos dijo que Elliott sufría de reflujo. Le parecía increíble que no hubiéramos acudido antes. Nos recetó unos medicamentos y nos aconsejó que le diéramos pequeñas dosis de fórmula; lo que pareció aliviar al bebé de inmediato. Los medicamentos no evitaban que devolviera, pero al neutralizar el ácido, no le resultaba tan molesto. Además, al tener casi tres meses, empezó a dormir mejor. Poco a poco, el camino parecía allanarse.

El problema es que yo estaba enfadada y resentida. Había intentado pedir ayuda por todos los medios, había hablado con médicos y enfermeras a domicilio, pero ni uno consideró que hubiera ningún problema. Sentía que nadie me había tomado en serio. Ahora que Elliott ha cumplido cinco meses, mi pareja y yo solo seguimos los consejos de los médicos y profesionales sanitarios en los que confiamos, y no dudamos en pedir una segunda opinión para tener la certeza de que estamos tomando la decisión adecuada. Supongo que también hemos ganado confianza en nosotros mismos, pero por aquel entonces estaba agotada. No sabía qué era normal y qué no, y cuando te sientes abrumada por todo y por todos, resulta imposible seguir tus propios instintos. Me encanta ser madre y tengo momentos en los que me siento muy orgullosa de todo lo que hemos conseguido juntos, pero jamás pensé que sería tan difícil. ¡Nadie te cuenta esta parte de la historia!

La lactancia no siempre es fácil, pero merece la pena.
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